La actual ciudad de Durango se levanta en un amplio valle en el que se fundó una primitiva villa española llamada Nombre de Dios. Hacia el siglo XVI, los primeros conquistadora que cruzaron por su territorio fueron Cristóbal de Oñate, José Angulo y Ginés Vázquez del Mercado, éste último atraído por la quimera de la existencia de una gran montaña de plata, cuando en realidad lo que descubrió fue un extraordinario yacimiento de fierro, el cual hoy lleva su nombre. En 1562 don Francisco de Ibarra, hijo de uno de los célebres fundadores de Zacatecas, exploró la región y fundó la Villa de Guadiana, cercana al viejo asentamiento de Nombre de Dios que pronto se conocería como la Nueva Vizcaya en memoria de la provincia española de donde provenía su familia.

Como en la historia de muchas ciudades coloniales, la fundación de Durango no está exenta de la participación de muchos personajes; algunos de ellos, además de don Francisco de Ibarra, fueron el escribano don Sebastián de Quiroz, quien levantó el acta correspondiente, el alférez Martín de Rentería, que llevaba el estandarte de conquista, y los capitanes Alonso Pacheco, Martín López de Ibarra, Bartolomé de Arreola y Martín de Gamón. Fray Diego de la Cadena ofició la primera misa del solemne acto de fundación en el lugar que hoy corresponde al edificio de la esquina sureste de la intersección de las calles 5 de Febrero y Juárez.

Otras muestras de arquitectura religiosa son el santuario de Guadalupe, edificado por el obispo Tapiz, con una interesante ventana del coro, el santuario de Nuestra Señora de los Ángeles, construido en piedra labrada en los albores del siglo XIX, la iglesia de la Compañía, erigida en 1757, la iglesia de Santa Ana, de fines del siglo XVIII con un moderado estilo barroco edificada por el canónigo Baltasar Colomo y don Bernardo Joaquín de Mata. También son notables el convento de San Agustín, cuya obra data del siglo XVII y el hospital de San Juan de Dios, que conserva parte de su portería barroca.

Con respecto a la arquitectura civil de la ciudad, los edificios dedicados a residencia se caracterizan por ser de un solo piso, con portadas para los accesos principales generalmente enmarcadas por pilastras molduras, que en ocasiones alcanzan las azoteas, en donde se elevan pretiles ornamentados con medallones. Algunos de los muros superiores, se rematan con originales cornisas onduladas que parecen aligerar a las pesadas paredes de las fachadas.

En los alrededores es recomendable visitar el poblado de Nombre de Dios, en el que se localiza la primera construcción franciscana de la región y Cuencamé, que conserva un templo del siglo XVI dedicado a San Antonio de Padua, con una sencilla fachada de estilo renacentista y que en su interior aloja a la famosa y venerada imagen del Señor de Mapimí.

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